viernes, 30 de septiembre de 2011

Nombres de estadios para los memoriosos

Asumo que varios de ustedes miran asiudamente, o lo hicieron en alguna época, fútbol europeo. Como amantes del baolmpié de esas latitudes, saben que los estadios no son solo eso, son templos sagrados. Cada uno es la catedral del equipo al que representa, territorio de amores y sinsabores como ningún otro, reducto protegido o terreno en decadencia donde la magia de antaño se perdió. Los memoriosos recordarán varios de los nombres, aunque sé que algunos se les escapan. Para eso ofrezco hoy los nombres de oficiales de los estadios en dos países claves. Empecemos por España.

El Alavés juega en Mendizorroza. El Almería, en el Mediterráneo. El Albacete lo hace en el Carlos Belmonte. El Athletic Bilbao, en la catedral de San Mamés. Atlético de Madrid en el Vicente Calderón, Barcelona en el Camp Nou, el Betis en el estadio que estuvo a punto de llamarse Heliópolis pero hoy se llama Manuel Ruiz de Lopera y el Celta es local en Balaídos. El Deportivo La coruña radica en Riazor, el Elche en el Martínez Valero y el Granada habita el Nuevo Los Cármenes. El Hércules y el Alicante comparten el Rico Pérez, mientras que Las Palmas juega en el Insular y el Levante en el Ciudad de Valencia. El Málaga da vida a La Rosaleda, Mallorca deleita al Son Moix, Murcia es anfitrión en la Nueva Condomina y Numancia recibe en Los Pajaritos. Osasuna reina en el Reino de Navarra, Oviedo existe en el Carlos Tartiere y el Racing de Santander se hace fuerte en El Sardinero. El Rayo Vallecano volvió a primera en el Teresa Rivero, el RCD Espanyol entrena enMontjuic, más precisamente en el O. Lluis Companys, y todo el mundo sabe que el Real Madrid es leyenda en el Santiago Bernabéu. La Real Sociedad se halla en Anoeta, el Real Zaragoza crece en La Romareda y el Recreativo de Huelva juega sus chances en el Colombino. Sevilla dice olé en el Sánchez Pizjuán, Tenerife aspira a primer en el Heliodoro Rodríguez y Valencia despliega su magia en Mestalla. El Valladolid tuvo sus glorias en el José Zorrilla, el Villarreal se hizo grande europeo en El Madrigal y el Getafe aspira a grandes cosas jugando en el Coliseum A. Pérez.

Ahora veamos los enclaves gloriosos en Inglaterra.

Stamford Bridge hospeda al Chelsea, Old Trafford es la casa del Manchester United y Anfield es el hogar del Liverpool. El Tottenham hace de local en White Hart Lane, Arsenal jugaba en Highbury hasta que se mudó al Emirates Stadium y el West Ham United radica en Upton Park. El Bolton Wanderers jugaba en Burnden Park hasta que se cambió al Reebok Stadium y Wigan Athletic tiene a su gente en el JJB Stadium. El Manchester City jugaba en Maine Road pero ahora juega en el City of Manchester Stadium, y Blackburn Rovers milita en el Ewood Park, mientras que Everton se luce en Goodison Park. El Charlton Athletic localea en The Valley, Fulham lo hace en Craven Cottage y el gran Newcastle rememora viejos tiempos en Saint James´Park. Aston Villa deleita en el Villa Park. Middlesbrough jugaba en el Ayresome Park pero ahora lo hace en el Riverside Stadium, al tiempo que West Bromwich Albion entrena en The Hawthorns. Birmingham City usa la camiseta titular en el Saint Andrew´s Stadium, Portsmouth acarrea público al Fratton Park y Sunderland brilla su insignia en el Stadium of Light. El Stoke City vive su momento en el Britannia Stadium, el Norwich City lucha en el Carrow Road, Loftus Road es donde se desempeña el Queens Park Rangers y Molineux Satdium es el coqueto nombre del estadio del Wolverhampton Wanderers. El Wigan Athletic es local en el DW Stadium, el Swansea ostenta el nombre de Liberty Stadium y Bramall Lane es donde respira el Sheffield United. Hillsborough es la casa de su rival, el Sheffield Wednesday, Bournemouth juega en el Seward Stadium, los estudiosos del Oxford United se conservan en el Kassam Stadium y el mítico Milwall, hoy en decadencia, juega en The Den.

Espero que hayan apreciado esta completa guía de estadios y pueden confiar en que pronto seguiremos con otros campos legendarios, tanto en Italia, Alemania, Francia y Portugal, y por qué no la Argentina.

Athletic Bilbao 2 - Paris Saint Germain 0

Me conmueve el País Vasco. Es como una piedra enorme atascada en el tiempo. Amo a los vascos, con su euskera poblado de K y X y ese andar tan punk-ska que tienen, mezcla de tiernos e híper combativos. Son la España que me gusta, con dejos de anarquismo demodé, tan opuesta a la Madrid proto-Franquista, tan Plaza de Toros, tan obtusa y reaccionaria en sus aires de paneuropeísmo. Bilbao tendrá el Guggenheim y el puente de Calatrava, pero en el fondo es Patxarán y pulpo, tipos pelados con rastas y chicas con borceguíes, viejos con boina y un buen juego tradicional de pelota vasca. Me encanta que tengan un equipo enteramente formado de gente de su tierra y que hasta hace poco no tuvieran publicidad, que se resistan a la globalización deportiva y que nunca bajen la guardia. Y me encanta que su nueva entrenador sea Marcelo Bielsa. La mezcla se me hace divina, y me entusiasma.
La temporada no empezó bien para el Loco. Los resultados no lo acompañaron, y el barcó tambaleó. Todos estaban más o menos conformes con la presidencia de Macua y el juego mezquino pero efectivo de Caparrós, que los volvió a colocar en el plano europeo. Cuando Ullua ganó la elección y trajo consigo a Bielsa, las opiniones se encontraron. Yo, personalmente, me emocioné en todo sentido. El análisis minucioso que hizo Marcelo con cada jugador de la plantilla, las perspectivas de equipo que planteó, el reordenamiento táctico y la voluntad de devolver el buen juego al Athletic me devolvió la fe en el fútbol. Por eso cuando empezó su seguidilla de empates y derrotas, la decepción me ganó.
Pero hay un mundo de diferencia, por ahora, entre el Athletic de la Liga y el victorioso Athletic de la Europa League. Ganó el primer cotejo en Bratislava con esfuerzo y trabajo - y una soberbia participación del joven Muniaín - y ahora le tocaba el duro escollo del Paris Saint Germain, nueva base de los petrodólares, nueva apuesta de los jeques por darle poder a clubes perdidos en sus laureles. El nuevo París visitaba Bilbao con la elegancia de Pastore - 45 millones de euros invertidos - y compañía, entre ellos Momo Sissoko, Nené - ex Mallorca - y un buen combinado francés, primero en su liga local.
La noche fue puramente bilbaína. Más allá de lapsos de errores tontos en defensa, cosa que Marcelo deberá seguir trabajando, el Bilbao borró del partido a Pastore y séquito y logró un gran control de pelota de punta a punta. La primer media hora fue un canto al fútbol trabajado, en la mejor línea del Barça. Sí, esos pataduras por los que nadie daba nada mostraron que pueden tener lirismo y fantasía en el toque, velocidad y precisión en toda la cancha. De la mano de Muniaín, gran director de orquesta, Gabilondo mostró pinceladas de magia - marcando un gol antológico luego de bellísima jugada preparada -, Susaesta se mostró veloz, preciso y hábil de cara al desmarque y el gol, De Marcos exhibió un notable estado físico y tino futbolístico y el gigante Llorente, más allá de estar negado al gol, generó todo el peligro a su alcance, superando al experimentado Diego Lugano en la defensa visitante.
Ningún bilbaíno puede decir que con Caparrós se jugaba así. Por primera vez apareció en todo su esplendor el sistema Bielsa, el toque rápido, el desmarque, la rotación con sorpresa, la presión sobre el rival y la recuperación que en dos toques se vuelve ataque. Los muchachos empiezan a entender, y con suerte verán de lo que son capaces. No son la cenicienta de nadie, son vascos, joder, y pueden ser toscos y poetas al mismo tiempo. Mostrarle a la España rica y ostentosa que en el norte también se sabe de cosas bellas sin perder la identidad. Porque Bielsa no les cambió la identidad, tomó la que estaba y potenció otro costado. Bielsa, justamente, entrenador idiosincrático si los hay, gran constructor de sociedad y civilización allí donde va, puja por mostrarlas que hay otra posibiludad a la victimización y la prepotencia física. Que lo diga sino el París, a quién le amonestaron a medio equipo y le echaron a Sissoko, impotente ante la dominación y buen pie del conjunto local.
De la mano de esa primera media hora de ensueño, engalanada por la maravillosa volea de Gabilondo y la certera entrada de Susaeta, mandando a la red el centrazo de Aurtenetxe, el Bilbao cerró un primer tiempo sólido, con autoridad. El segundo tiempo, más después de la expulsión, sobró. Toque, toque, algunos cambios - entraron Ibaí Gómez, Iturraspe y Toquero, de buen aporte ofensivo, por el golpeado Muniaín - y declaración de principios: así podemos jugar si nos lo creemos. De Pastore, velozmente convertido en figura en la capital francesa, ni noticia.
Entonces, a esperar el derby contra la Real Sociedad con ánimo y entusiasmo. ¡Gora Athletic y aupa Bielsa, como dirían allá en el norte español! Y que el fútbol brote de la España limítrofe, no solo de la planicie central, donde otros revolean los billetes y venden la identidad a portugueses codiciosos y faltos de gallardía.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Bate Borisov 0 - Barcelona 5

Hay ciertas tradiciones con las que los europeos son llamativamente flexibles. La vestimenta suplente de sus equipos, por ejemplo. No parecen hacerse mucho problema con la innovación - por exótica que parezca - y la afición acompaña el movimiento de las marcas de indumentaria, cosa que a los jugadores, por ejemplo, les importa bastante poco. El Real Madrid debutó en esta Champions contra el Dínamo Zagreb con ropa totalmente roja, y los hinchas, encantados. Nadie salió a decir "el rojo es color del Barça" o cosas así, apenas los diarios deportivos de la "central lechera", Marca y As, recordaron las escasas ocasiones donde el Madrid usó rojo (y perdió) y luego se limitaron a promocionar la rareza, a modo de ayudar a Adidas a vender más prendas. Hoy el Barça jugó todo de negro, su nueva ropa suplente, que hoy, salvo por el luto de Chus Pereda (ex jugador del club), no venía al caso, ya que el Bate viste todo de amarillo. Pero todo sea por vender camisetas, o dar interés a un partido que todo el mundo sabía sentenciado de antemano. Y pensar que cuando la marca Signia decidió innovar con la ropa de San Lorenzo, creando variantes de todo tipo para el rojo, azúl y blanco, o incluso con esa insólita camiseta negra con reborde amarillo - como los colores del cuervo -, que solo vio la luz en un partido de última fecha contra River, la artillería pesada cayó sobre ellos. ¿Cómo van a variar los históricos colores del Ciclón? ¿Cómo puede Nike meter una franja blanca entre el azúl y el oro de boquita?, gritaron otros. En Europa, parece, no problem con dejar volar la imaginación.
Y dejar volar la imaginación es lo que hace el Barça, hasta volver monótono cualquier partido. Uno se pierde hipnóticamente en su toqueteo, que suma la extraña mezcla entre precisión y velocidad, pero sin perder una cosa medio hedonista, contemplativa. Ayer el Bayern se mostró preciso, pero carente de poesía. El Barça es velocidad y poesía, prosa y vuelo al mismo tiempo, parece la suma de todos los opuestos, por eso uno siente que es la perfección misma. El Madrid es rápido y preciso cuando se lo propone, pero el Barça lo es todo el tiempo, y gana casi como si no lo quisiera, lo cual lo vuelve elegante. El Madrid está desesperado por ganar, un poco como el niño de familia modesta que se desvive por ganarle al rico y que no se descubra el trasfondo de su esfuerzo.
El Barça es como el sánscrito: está por encima de toda nacionalidad, idiosincracia, raza, clase, todo. El Barça es el idioma universal, comunica en cada movimiento de una manera que todo el mundo puede entender y que nadie puede cuestionar. Cuando el Madrid llora una derrota, dice que el Barça hace teatro, que sus jugadores son llorones, que los protegen los árbitros, que Guardiola es un hipócrita, pero jamás hablan de su juego. No hay nada que se pueda discutir. Hay una escuela de fondo muy eficiente que enseña a cada nuevo joven salido de la Masía las reglas del juego colectivo, a cada nuevo fuchaje el modo de encajar en el sistema; nadie está por encima del resto, ni siquiera Messi. Si llega Fábregas, deberá adaptarse a la mentalidad Barça, lo mismo Alexis, lo mismo antes Mascherano. Si eres bueno, te queremos, pero más te querremos si juegas como nosotros. Y créeme, querrás jugar como nosotros, nunca lo harás tan bien como aquí. Tienen razón.
El Barça juega siempre hacia los laterales, de una banda a la otra. Cuando ataca, Abidal y Alves suben a la par de los mediocampistas. Xavi y Messi distribuyen hacia las puntas y, al recibir, vuelven a girar la dirección del juego. Pedro y Villa hacen pequeños recorridos en sus puntas hacia adelante y atrás, adelantándose para definir o atrasándose para pegar la rosca y servir a Messi, que entra para matar como una tromba. El circuito es sencillo, demasiado sencillo, tanto que es dificilísimo de hacer. Juegan de memoria, tocan al vacío sabiendo que será bien recibida y jugada. Levantan la bola por los aires con destino preciso y la pelota se resuelve con clase. Se divierten, se saben piezas perfectas de una máquina perfecta, y los rivales bajan la cabeza, agradecidos de ser parte del show. El Barça golea y sigue atacando como si nada hubiera pasado, lo cual ennoblece al rival, le da esperanzas, como haría un padre estricto pero noble con su hijo en crecimiento.
El Bate aguantó hasta los 19 minutos y, después, se hizo un gol en contra. No alevosamente, sino por mérito y gracia de Messi. El centro cayó al área chica, Messi entró para hacer lo que sabe y el defensor bielorruso la metió en su arco. Fue casi un acto de modestia, o de valiente derrotismo: dejá, yo me lo hago, dejáme quedar en esta historia, Messi, dejáme poner mi nombre al lado del tuyo, nadie me lo va a reprochar y a vos te da lo mismo. Nadie le dijo nada al defensor, y Messi apenas lo festejó. Después de todo, sabía que haría el propio, e hizo dos, igualando a Kubelka como el segundo máximo anotador de la historia del Barça. Un escándalo, tranquilamente le pueden quedar diez años de carrera para batir todo récord y dejarlo en un punto imposible de superar.
El primer tiempo terminó tres a cero gracias a un gol de Pedro de cabeza, a centro perfecto con curva desde la izquierda de Villa, y Messi, que madrugó a un arquero dormido, que dejó un rebote demasiado mantecoso para que Messi meta la cabecita. El segundo tiempo sobró, Messi hizo con Alves una de esas maniobras que los dos saben hacer juntos, mareando a los rivales y finalizada en pies de la Pulga, que esta vez perforó la red arriba con un zurdazo. Villa puso cifras definitivas cuando ya no le importaba a nadie, robando un tiro libre mal sacado y con tiro rasante abajo, en medio de la lluvia torrencial en Minsk. Puyol está de vuelta y se lo ve falto de forma, pero aguerrido; Mascherano hizo alarde de su solvencia sin mayores problemas y tanto Maxwell como Adriano son piezas confiables para el esquema de defensa/ataque. No jugaron Piqué, Busquets e Iniesta, pero nadie los extrañó. Es muy difícil extrañar a al alguien en este Barça, salvo que se llame Messi, la cuota de verticalidad que rompe el juego horizontal cuando el rival ha quedado hipnotizado por los mil toques.
Ocasionalmente hice zapping hacia Valencia - Chelsea, partido que terminó uno a uno en Mestalla con goles de Lampard tras gran jugada de Malouda y de Soldado, de penal. No diría que fue un mal partido, pero ambos equipos se me hacen muy poco carismáticos, producen poco entusiasmo, y el juego fue menos vistoso de lo que hubiera esperado. Si soy sincero, yo apostaba por el cero a cero, pero uno a uno no es muy diferente. La falta de puntería de Torres es un tema que me tiene más que aburrido, la presencia de Piatti o Banega no alcanza para cumplir el nivel de entusiasmo que me genera la presencia argentina y, la verdad, la camiseta del Valencia me resulta muy fea, muy sosa, así, sin publicidad, una cosa blanca con escudo naranja y amarillo. Tal vez, si hubieran usado la naranja y amarilla a rayas la cosa me hubiera gustado más, más color, más innovación, más atrevimiento. Sería bueno pensar si hay alguna relación entre el color de camiseta y el desparpajo que tienen los jugadores que la usan. El Athletic Bilbao de Bielsa ha empezado muy mal la campaña, y solo usó la tradicional rojiblanca y la negra. ¿Y si prueban con la verde con una franja roja y otra blanca? ¿No serán más entusiastas, menos atados a un libreto? ¿No jugó con mayor fantasía el Manchester City cuando vistió la rojinegra en vez de la celeste? Y el Barça que vistió hoy de negro, ¿No fue lo opuesto a un funeral? Que nos diga Guardiola, amo y señor de la paleta cromática.

Bayern Munich 2 Manchester City 0

Sigo con mucha expectativa la campaña del City. No es solo la presencia de Agüero lo que me estimula, aunque admito cierto cariño por ese pibe que creció estrepitosamente y sigue jugando como en el jardín de su casa. Quiero decir, el Kun no es un villero, es clase media - de hecho su apodo viene de un animé japonés, lo cual marca el estrato social y además la edad que tiene - y aún así tiene esa cosa de potrero bien argentina, y además usa cresta canchera y fue padre de un niño de la hija del Diego, lo cual da a pensar que en realidad estaba más caliente con ser el yerno de Maradona que otra cosa, considerando que las hijas del Diego son incogibles. El tema es que le tomé aprecio al City, tal vez por esa mística extraña que hace que un equipucho con una historia triste y gris sea de repente la cenicienta de la élite futbolística mundial. Sí, ya sé, los pretrodólares y los millones de euros invertidos en jugadores de primer nivel, mercenarios de la peor calaña que por billetes abandonaron a clubes de más historia y tradición (Yaya Touré, Nasri, Tévez, Clichy, el Kun mismo... lo de Silva es más comprensible), pero uno no puede evitar encariñarse, sobre todo después de décadas dominadas por el otro Manchester, el del Teatro de los Sueños, el de la fantasía que Alex Ferguson sostiene quién sabe cómo.
Al nuevo City lo quiero, y ver a Noel Gallagher diciendo que él votaría a Tévez en la próxima elección nacional me emociona, aunque Oasis no me guste y mi relación con Tévez sea alternante. Me divierte esto de armar un club competitivo de la nada, mucho más de lo que me divirtió la nueva creación del Chelsea, que siempre me generó antipatía. Y esta temporada, en especial, con la llegada de Agüero y Nasri, Silva y Dzeko parecen más contentos, y hasta el amargo de Mancini se animó a jugársela en ofensiva, dejando que Micah Richards se mande al ataque como un mediocampista más, y que Lescott y Kompany vayan a los centros juntos, y los goles empezaron a llegar a rolete. Los pibes empezaron a jugar bien y rápido, vistoso, generoso a la vista del espectador habituado a ver fútbol vertical, la especialidad en el Reino Unido.
El debut en la Champions del City no fue alentadora. Se los vio un poco desconectados, fuera de timming, pero, sobre todo, faltos de pasión. Jugar en la Premier League es como ir a trabajar, se va y se hace lo que se sabe hacer, y estos jugadores saben lo que hacen. Pero en la Champions tiene que brillar el deseo de triunfo, porque se juega con los mejores. El rival más débil rankea alto en su país, puede haber sorpresas y sobresaltos. Si no se desea la gloria, en la Champions no se gana. Equipo que sale a cumplir, pierde. El City jugó ante el Nápoli desganado, sobrando el partido. Y el Nápoli, equipo de italianos pobres, ciudad donde no se quiere ser menos que nadie, le hizo partido fácil en Manchester. Le plantó su modesta guerra y le robó un punto. Todos esperábamos más ante el Bayern, de visitante.
El partido empezó soñado: el City salió al ataque con decisión, ninguneando al peso del historia. Se dijo a sí mismo: somos buenos, somos un rejunte pero somos todos buenos, y si distribuimos bien podemos lastimar. Le negaron un penal evidente y nadie se quejó. Mala señal. Si uno quiere ganar, discute las injusticias, no porque vayan a ser modificadas por un fallo arbitral imposible, sino porque ese odio aliemnta el deseo de ganar, de pelear cada pelota. Triangularon algunas veces, lograron una módica profundidad, el Bayern respondió haciendo el clásico juego alemán (tocar y rotar con precisión milimétrica hasta que se abra el juego y ahí verticalizar) y la sensación inicial fue: hay partido. También pensé: típico cero a cero muy bien jugado pero aburridísimo.
Hasta que, minuto 39 del primer tiempo, Ribéry rompe el molde, en una maniobra demasiado latina, impensable para una mente alemana, obliga a Hart a un esfuerzo, Müller llega franco para el rebote, Hart llega - y esa es su tapada trascendente, virtuosa, no la primera - y al segundo rebote llega Mario Gómez a definir. Injusto no, pero extraño, un gol triste: el premio al orden. Gómez, el autor, es un indudable goleador, pero nada invita a tomarle aprecio. Su juego es tosco y limitado, su participación goleadora está más ligada al rebote de carroña que a la elegancia y se distingue más su mandíbula de galán secundario y su jopo de estrella teen de Hollywood con aires de 1950 que por su presencia en la cancha. Si no mete goles, casi no lo ves. Su carisma es nulo, un nueve torpe que carece de la pinta de aviador eficiente de Klose o del encanto absurdo y el realismo mágico de Martín Palermo.
Mario Gómez y gol. El City se desmoronó como si nunca hubiese estado ahí.
Un detalle: los defensores del City se ven excesivamente lentos en la marca en ese gol. No es la cámara lenta, son ellos. Y no son exactamente lentos. Lo que el gol evidencia es que no estaban en la cancha con el mismo deseo de los alemanes. Y nótese, digo alemanes porque siete de los once del Bayern son alemanes, y juegan todos en la Selección de Alemania, juntos (Mario Gómez es de origen español pero alemán al fin, y Boateng eligió jugar para Alemania, a diferencia de su hermano Prince, que juega para Ghana). Una voluntad teutónica de triunfo. Hagamos foco en Ribéry y Robben, dos ejes claves de este equipo: ambos son moldeables a una filosofía alemana de juego, dado que su centro no es la fantasía ni el firulete sino la velocidad. Ribéry tiene más lucha y calle que el flacucho calvo, pero ambos implican llegada directa al arco, linealidad más que sorpresa, se imponen al rival siendo evidentes, pero inalcanzables. Qué poco francés que es Ribéry, y que poco holandés que es Robben: son perfectos para sumar explosión al orden de Bayern. Fíjense, el Bayern incorpora lo que es incorporable a sus sistema, no sorpresa. Messi allí no funcionaría, tal vez sí Ronaldo. La máquina viene antes que los hombres, y los hombres-pieza som bienvenidos.
El segundo gol cayó inconsecuentemente, a partir de otro rebote y malas marcas. El partido estaba acabado, todos lo sabíamos. Un equipo jugaba para entregarle gloria a su territorio y el otro, cada vez menos equipo y más rejunte, jugaba porque eso era lo que decía la agenda laboral. Schweinsteiger, Kroos, Lahm y Müller se intercambiaban roles con idéntica presición - todos impecables, todo aceitadísimos, todos rubios -, Ribéry profundizaba, Gómez definía. Rafinha mostró sus dotes germánicas (por Dios, qué brasilero tan poco brasilero, lo mismo Gustavo), Van Buyten tan neutro que su precisión pasó inadvertida y la serenidad de Neuer, que parece un oficinista altísimo al que le dijeron que cuidara el arco y hace 936 minutos que no le hacen un gol.
Muy difícil. Todos pensamos que iba a entrar Tévez pero no pasó. Entraron De Jong - el animal cuya especialidad es más pegar que jugar -, Milner y Kolarov. Cambios súmamente defensivos. La pregunta, casi al borde del escándalo, piedras listas hacia Mancini: ¿No son cambios tremendamente defensivos considerando que se está perdiendo dos a cero? ¿Es buen resultado? ¿Hay que cuidar el dos a cero para que no sea tres o cuatro? Incomprensible. ¿Y Tévez? Estaba ahí, en el banco, Balotelli ausente por lesión. Más allá de toda pelea pasada con Mancini, de todo deseo de irse del City, de toda mala Copa América, ¿No era el momento de arriesgar y darle una nueva chance al Apache salvaje que inexplicablemente se adapta al fútbol inglés sin siquiera entender su cultura? La verdad, o la prensa - vaya verdad que nos toca -, reveló después que Tévez se negó a jugar, que Mancini quiso ponerlo y Tévez dijo no. Difícil de creer. Tévez es muchas cosas, pero no tonto, no vago. Y si lo hizo, ¿Por qué? ¿Quién le dijo que era buena idea, que lo iba a ayudar a escapar de Inglaterra? ¿Tanto es el deseo de Tévez de volver a la Argentina? Cada vez más trágico, más mítico, pero a la vez más triste. Con un don tan especial querer echarlo a perder así, en su esplendor. No sé por qué pienso en Riquelme. El ídolo de arrabal es triste, a diferencia de los brasileños.
Agotados los cambios a los 71 minutos, agotado el partido. Salvo un cabezazo de Gómez que podría haber sido el tercero - única jugada bella de Gómez, donde evidenció por qué es futbolista y no teniente del ejército, o surfista alemán -, poco más. Poquísimo. Entró Robben, sí, y entró Pedersen, un nueve muy joven que no llegó a jugar ni un minuto.
La conclusión por ahora es que el City empieza a mostrar la hilacha. No es un equipo, ni parece que lo vaya a ser de acá a un buen tiempo. Salvo que deseen la gloria, el trofeo y no el dinero, no van a ninguna parte. Enfrente tuvieron a un equipo maduro, profesional, consciente de lo que es ganar para la corona. El conjunto de estrellitas caras se topó de lleno con la maquinaria grupal, la Volkswagen contemporánea, y perdió en todas las líneas. Me voy triste, porque nunca quiero festejar un triunfo alemán, pero también entendí que la justicia existe. Que las cosas acaban cayendo en su preciso lugar. Y que no gana el mejor, el que mejor se viste, sino el que más lo quiere, el que vino a llevarse lo que cree propio.