miércoles, 28 de septiembre de 2011

Bayern Munich 2 Manchester City 0

Sigo con mucha expectativa la campaña del City. No es solo la presencia de Agüero lo que me estimula, aunque admito cierto cariño por ese pibe que creció estrepitosamente y sigue jugando como en el jardín de su casa. Quiero decir, el Kun no es un villero, es clase media - de hecho su apodo viene de un animé japonés, lo cual marca el estrato social y además la edad que tiene - y aún así tiene esa cosa de potrero bien argentina, y además usa cresta canchera y fue padre de un niño de la hija del Diego, lo cual da a pensar que en realidad estaba más caliente con ser el yerno de Maradona que otra cosa, considerando que las hijas del Diego son incogibles. El tema es que le tomé aprecio al City, tal vez por esa mística extraña que hace que un equipucho con una historia triste y gris sea de repente la cenicienta de la élite futbolística mundial. Sí, ya sé, los pretrodólares y los millones de euros invertidos en jugadores de primer nivel, mercenarios de la peor calaña que por billetes abandonaron a clubes de más historia y tradición (Yaya Touré, Nasri, Tévez, Clichy, el Kun mismo... lo de Silva es más comprensible), pero uno no puede evitar encariñarse, sobre todo después de décadas dominadas por el otro Manchester, el del Teatro de los Sueños, el de la fantasía que Alex Ferguson sostiene quién sabe cómo.
Al nuevo City lo quiero, y ver a Noel Gallagher diciendo que él votaría a Tévez en la próxima elección nacional me emociona, aunque Oasis no me guste y mi relación con Tévez sea alternante. Me divierte esto de armar un club competitivo de la nada, mucho más de lo que me divirtió la nueva creación del Chelsea, que siempre me generó antipatía. Y esta temporada, en especial, con la llegada de Agüero y Nasri, Silva y Dzeko parecen más contentos, y hasta el amargo de Mancini se animó a jugársela en ofensiva, dejando que Micah Richards se mande al ataque como un mediocampista más, y que Lescott y Kompany vayan a los centros juntos, y los goles empezaron a llegar a rolete. Los pibes empezaron a jugar bien y rápido, vistoso, generoso a la vista del espectador habituado a ver fútbol vertical, la especialidad en el Reino Unido.
El debut en la Champions del City no fue alentadora. Se los vio un poco desconectados, fuera de timming, pero, sobre todo, faltos de pasión. Jugar en la Premier League es como ir a trabajar, se va y se hace lo que se sabe hacer, y estos jugadores saben lo que hacen. Pero en la Champions tiene que brillar el deseo de triunfo, porque se juega con los mejores. El rival más débil rankea alto en su país, puede haber sorpresas y sobresaltos. Si no se desea la gloria, en la Champions no se gana. Equipo que sale a cumplir, pierde. El City jugó ante el Nápoli desganado, sobrando el partido. Y el Nápoli, equipo de italianos pobres, ciudad donde no se quiere ser menos que nadie, le hizo partido fácil en Manchester. Le plantó su modesta guerra y le robó un punto. Todos esperábamos más ante el Bayern, de visitante.
El partido empezó soñado: el City salió al ataque con decisión, ninguneando al peso del historia. Se dijo a sí mismo: somos buenos, somos un rejunte pero somos todos buenos, y si distribuimos bien podemos lastimar. Le negaron un penal evidente y nadie se quejó. Mala señal. Si uno quiere ganar, discute las injusticias, no porque vayan a ser modificadas por un fallo arbitral imposible, sino porque ese odio aliemnta el deseo de ganar, de pelear cada pelota. Triangularon algunas veces, lograron una módica profundidad, el Bayern respondió haciendo el clásico juego alemán (tocar y rotar con precisión milimétrica hasta que se abra el juego y ahí verticalizar) y la sensación inicial fue: hay partido. También pensé: típico cero a cero muy bien jugado pero aburridísimo.
Hasta que, minuto 39 del primer tiempo, Ribéry rompe el molde, en una maniobra demasiado latina, impensable para una mente alemana, obliga a Hart a un esfuerzo, Müller llega franco para el rebote, Hart llega - y esa es su tapada trascendente, virtuosa, no la primera - y al segundo rebote llega Mario Gómez a definir. Injusto no, pero extraño, un gol triste: el premio al orden. Gómez, el autor, es un indudable goleador, pero nada invita a tomarle aprecio. Su juego es tosco y limitado, su participación goleadora está más ligada al rebote de carroña que a la elegancia y se distingue más su mandíbula de galán secundario y su jopo de estrella teen de Hollywood con aires de 1950 que por su presencia en la cancha. Si no mete goles, casi no lo ves. Su carisma es nulo, un nueve torpe que carece de la pinta de aviador eficiente de Klose o del encanto absurdo y el realismo mágico de Martín Palermo.
Mario Gómez y gol. El City se desmoronó como si nunca hubiese estado ahí.
Un detalle: los defensores del City se ven excesivamente lentos en la marca en ese gol. No es la cámara lenta, son ellos. Y no son exactamente lentos. Lo que el gol evidencia es que no estaban en la cancha con el mismo deseo de los alemanes. Y nótese, digo alemanes porque siete de los once del Bayern son alemanes, y juegan todos en la Selección de Alemania, juntos (Mario Gómez es de origen español pero alemán al fin, y Boateng eligió jugar para Alemania, a diferencia de su hermano Prince, que juega para Ghana). Una voluntad teutónica de triunfo. Hagamos foco en Ribéry y Robben, dos ejes claves de este equipo: ambos son moldeables a una filosofía alemana de juego, dado que su centro no es la fantasía ni el firulete sino la velocidad. Ribéry tiene más lucha y calle que el flacucho calvo, pero ambos implican llegada directa al arco, linealidad más que sorpresa, se imponen al rival siendo evidentes, pero inalcanzables. Qué poco francés que es Ribéry, y que poco holandés que es Robben: son perfectos para sumar explosión al orden de Bayern. Fíjense, el Bayern incorpora lo que es incorporable a sus sistema, no sorpresa. Messi allí no funcionaría, tal vez sí Ronaldo. La máquina viene antes que los hombres, y los hombres-pieza som bienvenidos.
El segundo gol cayó inconsecuentemente, a partir de otro rebote y malas marcas. El partido estaba acabado, todos lo sabíamos. Un equipo jugaba para entregarle gloria a su territorio y el otro, cada vez menos equipo y más rejunte, jugaba porque eso era lo que decía la agenda laboral. Schweinsteiger, Kroos, Lahm y Müller se intercambiaban roles con idéntica presición - todos impecables, todo aceitadísimos, todos rubios -, Ribéry profundizaba, Gómez definía. Rafinha mostró sus dotes germánicas (por Dios, qué brasilero tan poco brasilero, lo mismo Gustavo), Van Buyten tan neutro que su precisión pasó inadvertida y la serenidad de Neuer, que parece un oficinista altísimo al que le dijeron que cuidara el arco y hace 936 minutos que no le hacen un gol.
Muy difícil. Todos pensamos que iba a entrar Tévez pero no pasó. Entraron De Jong - el animal cuya especialidad es más pegar que jugar -, Milner y Kolarov. Cambios súmamente defensivos. La pregunta, casi al borde del escándalo, piedras listas hacia Mancini: ¿No son cambios tremendamente defensivos considerando que se está perdiendo dos a cero? ¿Es buen resultado? ¿Hay que cuidar el dos a cero para que no sea tres o cuatro? Incomprensible. ¿Y Tévez? Estaba ahí, en el banco, Balotelli ausente por lesión. Más allá de toda pelea pasada con Mancini, de todo deseo de irse del City, de toda mala Copa América, ¿No era el momento de arriesgar y darle una nueva chance al Apache salvaje que inexplicablemente se adapta al fútbol inglés sin siquiera entender su cultura? La verdad, o la prensa - vaya verdad que nos toca -, reveló después que Tévez se negó a jugar, que Mancini quiso ponerlo y Tévez dijo no. Difícil de creer. Tévez es muchas cosas, pero no tonto, no vago. Y si lo hizo, ¿Por qué? ¿Quién le dijo que era buena idea, que lo iba a ayudar a escapar de Inglaterra? ¿Tanto es el deseo de Tévez de volver a la Argentina? Cada vez más trágico, más mítico, pero a la vez más triste. Con un don tan especial querer echarlo a perder así, en su esplendor. No sé por qué pienso en Riquelme. El ídolo de arrabal es triste, a diferencia de los brasileños.
Agotados los cambios a los 71 minutos, agotado el partido. Salvo un cabezazo de Gómez que podría haber sido el tercero - única jugada bella de Gómez, donde evidenció por qué es futbolista y no teniente del ejército, o surfista alemán -, poco más. Poquísimo. Entró Robben, sí, y entró Pedersen, un nueve muy joven que no llegó a jugar ni un minuto.
La conclusión por ahora es que el City empieza a mostrar la hilacha. No es un equipo, ni parece que lo vaya a ser de acá a un buen tiempo. Salvo que deseen la gloria, el trofeo y no el dinero, no van a ninguna parte. Enfrente tuvieron a un equipo maduro, profesional, consciente de lo que es ganar para la corona. El conjunto de estrellitas caras se topó de lleno con la maquinaria grupal, la Volkswagen contemporánea, y perdió en todas las líneas. Me voy triste, porque nunca quiero festejar un triunfo alemán, pero también entendí que la justicia existe. Que las cosas acaban cayendo en su preciso lugar. Y que no gana el mejor, el que mejor se viste, sino el que más lo quiere, el que vino a llevarse lo que cree propio.

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