Hay ciertas tradiciones con las que los europeos son llamativamente flexibles. La vestimenta suplente de sus equipos, por ejemplo. No parecen hacerse mucho problema con la innovación - por exótica que parezca - y la afición acompaña el movimiento de las marcas de indumentaria, cosa que a los jugadores, por ejemplo, les importa bastante poco. El Real Madrid debutó en esta Champions contra el Dínamo Zagreb con ropa totalmente roja, y los hinchas, encantados. Nadie salió a decir "el rojo es color del Barça" o cosas así, apenas los diarios deportivos de la "central lechera", Marca y As, recordaron las escasas ocasiones donde el Madrid usó rojo (y perdió) y luego se limitaron a promocionar la rareza, a modo de ayudar a Adidas a vender más prendas. Hoy el Barça jugó todo de negro, su nueva ropa suplente, que hoy, salvo por el luto de Chus Pereda (ex jugador del club), no venía al caso, ya que el Bate viste todo de amarillo. Pero todo sea por vender camisetas, o dar interés a un partido que todo el mundo sabía sentenciado de antemano. Y pensar que cuando la marca Signia decidió innovar con la ropa de San Lorenzo, creando variantes de todo tipo para el rojo, azúl y blanco, o incluso con esa insólita camiseta negra con reborde amarillo - como los colores del cuervo -, que solo vio la luz en un partido de última fecha contra River, la artillería pesada cayó sobre ellos. ¿Cómo van a variar los históricos colores del Ciclón? ¿Cómo puede Nike meter una franja blanca entre el azúl y el oro de boquita?, gritaron otros. En Europa, parece, no problem con dejar volar la imaginación.
Y dejar volar la imaginación es lo que hace el Barça, hasta volver monótono cualquier partido. Uno se pierde hipnóticamente en su toqueteo, que suma la extraña mezcla entre precisión y velocidad, pero sin perder una cosa medio hedonista, contemplativa. Ayer el Bayern se mostró preciso, pero carente de poesía. El Barça es velocidad y poesía, prosa y vuelo al mismo tiempo, parece la suma de todos los opuestos, por eso uno siente que es la perfección misma. El Madrid es rápido y preciso cuando se lo propone, pero el Barça lo es todo el tiempo, y gana casi como si no lo quisiera, lo cual lo vuelve elegante. El Madrid está desesperado por ganar, un poco como el niño de familia modesta que se desvive por ganarle al rico y que no se descubra el trasfondo de su esfuerzo.
El Barça es como el sánscrito: está por encima de toda nacionalidad, idiosincracia, raza, clase, todo. El Barça es el idioma universal, comunica en cada movimiento de una manera que todo el mundo puede entender y que nadie puede cuestionar. Cuando el Madrid llora una derrota, dice que el Barça hace teatro, que sus jugadores son llorones, que los protegen los árbitros, que Guardiola es un hipócrita, pero jamás hablan de su juego. No hay nada que se pueda discutir. Hay una escuela de fondo muy eficiente que enseña a cada nuevo joven salido de la Masía las reglas del juego colectivo, a cada nuevo fuchaje el modo de encajar en el sistema; nadie está por encima del resto, ni siquiera Messi. Si llega Fábregas, deberá adaptarse a la mentalidad Barça, lo mismo Alexis, lo mismo antes Mascherano. Si eres bueno, te queremos, pero más te querremos si juegas como nosotros. Y créeme, querrás jugar como nosotros, nunca lo harás tan bien como aquí. Tienen razón.
El Barça juega siempre hacia los laterales, de una banda a la otra. Cuando ataca, Abidal y Alves suben a la par de los mediocampistas. Xavi y Messi distribuyen hacia las puntas y, al recibir, vuelven a girar la dirección del juego. Pedro y Villa hacen pequeños recorridos en sus puntas hacia adelante y atrás, adelantándose para definir o atrasándose para pegar la rosca y servir a Messi, que entra para matar como una tromba. El circuito es sencillo, demasiado sencillo, tanto que es dificilísimo de hacer. Juegan de memoria, tocan al vacío sabiendo que será bien recibida y jugada. Levantan la bola por los aires con destino preciso y la pelota se resuelve con clase. Se divierten, se saben piezas perfectas de una máquina perfecta, y los rivales bajan la cabeza, agradecidos de ser parte del show. El Barça golea y sigue atacando como si nada hubiera pasado, lo cual ennoblece al rival, le da esperanzas, como haría un padre estricto pero noble con su hijo en crecimiento.
El Bate aguantó hasta los 19 minutos y, después, se hizo un gol en contra. No alevosamente, sino por mérito y gracia de Messi. El centro cayó al área chica, Messi entró para hacer lo que sabe y el defensor bielorruso la metió en su arco. Fue casi un acto de modestia, o de valiente derrotismo: dejá, yo me lo hago, dejáme quedar en esta historia, Messi, dejáme poner mi nombre al lado del tuyo, nadie me lo va a reprochar y a vos te da lo mismo. Nadie le dijo nada al defensor, y Messi apenas lo festejó. Después de todo, sabía que haría el propio, e hizo dos, igualando a Kubelka como el segundo máximo anotador de la historia del Barça. Un escándalo, tranquilamente le pueden quedar diez años de carrera para batir todo récord y dejarlo en un punto imposible de superar.
El primer tiempo terminó tres a cero gracias a un gol de Pedro de cabeza, a centro perfecto con curva desde la izquierda de Villa, y Messi, que madrugó a un arquero dormido, que dejó un rebote demasiado mantecoso para que Messi meta la cabecita. El segundo tiempo sobró, Messi hizo con Alves una de esas maniobras que los dos saben hacer juntos, mareando a los rivales y finalizada en pies de la Pulga, que esta vez perforó la red arriba con un zurdazo. Villa puso cifras definitivas cuando ya no le importaba a nadie, robando un tiro libre mal sacado y con tiro rasante abajo, en medio de la lluvia torrencial en Minsk. Puyol está de vuelta y se lo ve falto de forma, pero aguerrido; Mascherano hizo alarde de su solvencia sin mayores problemas y tanto Maxwell como Adriano son piezas confiables para el esquema de defensa/ataque. No jugaron Piqué, Busquets e Iniesta, pero nadie los extrañó. Es muy difícil extrañar a al alguien en este Barça, salvo que se llame Messi, la cuota de verticalidad que rompe el juego horizontal cuando el rival ha quedado hipnotizado por los mil toques.
Ocasionalmente hice zapping hacia Valencia - Chelsea, partido que terminó uno a uno en Mestalla con goles de Lampard tras gran jugada de Malouda y de Soldado, de penal. No diría que fue un mal partido, pero ambos equipos se me hacen muy poco carismáticos, producen poco entusiasmo, y el juego fue menos vistoso de lo que hubiera esperado. Si soy sincero, yo apostaba por el cero a cero, pero uno a uno no es muy diferente. La falta de puntería de Torres es un tema que me tiene más que aburrido, la presencia de Piatti o Banega no alcanza para cumplir el nivel de entusiasmo que me genera la presencia argentina y, la verdad, la camiseta del Valencia me resulta muy fea, muy sosa, así, sin publicidad, una cosa blanca con escudo naranja y amarillo. Tal vez, si hubieran usado la naranja y amarilla a rayas la cosa me hubiera gustado más, más color, más innovación, más atrevimiento. Sería bueno pensar si hay alguna relación entre el color de camiseta y el desparpajo que tienen los jugadores que la usan. El Athletic Bilbao de Bielsa ha empezado muy mal la campaña, y solo usó la tradicional rojiblanca y la negra. ¿Y si prueban con la verde con una franja roja y otra blanca? ¿No serán más entusiastas, menos atados a un libreto? ¿No jugó con mayor fantasía el Manchester City cuando vistió la rojinegra en vez de la celeste? Y el Barça que vistió hoy de negro, ¿No fue lo opuesto a un funeral? Que nos diga Guardiola, amo y señor de la paleta cromática.
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