domingo, 16 de octubre de 2011
Instituto 0 - River 0
Al menos tenemos una certeza: este River ya no es el que vimos los últimos cinco años. No es poco. En las paradas bravas, aparece, o al menos parece estar a la altura. Los rivales lo respetan y sabe a qué juega. El técnico primerizo, emblema del club, se maneja con tino y cautela y saca lo mejor de sus jugadores, incluso los que poco tiempo atrás habían demostrado su cobardía, su falta de técnica y su carencia de hombría frente a la adversidad. Tomemos por ejemplo a Chiche Arano. Infinidad de veces nos dijeron que era un jugador de valor, seguidores de Racing y Huracán nos han hablado de su tesón y su perseverancia. En River demostró ser un jugador de poca o nula técnica, ausencia de criterio y pésima marca. Con Almeyda, Arano parece un hombre diferente. Juega criteriosamente, se proyecta con decisión, marca sin falta y hasta le pega al arco con cierta habilidad. Lo mismo podemos decir de Ferrero o Juan Manuel Díaz, y más aún llama la atención la firmeza de los juveniles, un Ríos que empieza a mostrar lo que hasta ahora solo insinuaba, un Cirigliano que empieza a tomar forma de cinco de Selección (recordemos al joven Mascherano, para más parámetros), un Abecasis que suple bien el lateral cuando no está lesionado, un Mauro Díaz que pinta como suplente confiable, para dar algunos casos. Almeyda transmite una serenidad y una confianza a sus jugadores que potencia al más limitado, engrandece al que ya era grande y acomoda a los veteranos, que ya juegan en el equipo como si lo hicieran hace un buen tiempo. El Almeyda DT no promete fórmulas mágicas, no innova con los esquemas, no inventa cambios posicionales a la Bielsa. Trabaja, ordena, habla y busca lo que River hace rato no tiene: equilibrio.
Frente a Instituto no se vio a un gran River, tampoco se vio un gran partido, pero River no perdió, y esa sí que es una novedad. Con JJ, o con Gorosito, o con Simeone, el partido de ayer hubiese sido una derrota. Y no porque el rival haya hecho un gran desempeño, o haya sido superior, sino porque ahora parece regir una mentalidad que no se ve hace años. El partido también reveló otras cosas: que River sigue imponiendo respeto y presencia aún jugando en la segunda categoría - el Instituto demoledor ayer se vio timorato, y eso que jugaba de local - y que la categoría, si bien es más apasionante que la Primera en este momento donde todo ha cambiado, es tremendamente irregular, y fíjense sino la derrota que Atlanta le propició a Gimnasia de Jujuy en terreno jujeño. River, aún con altibajos, no debería tener problemas para lograr el ascenso, no ha encontrado motivos aún para perder el invicto y bien puede pensarse que está para campeón, sin deslumbrar ni encandilar a nadie.
Pero también se puede sacar conclusiones beneficiosas para otras instituciones, o para el fútbol argentino mismo. Es una gran noticia que River, que históricamente alimentó con su trabajo de divisiones inferiores a los combinados nacionales, haya recuperado el esplendor de sus juveniles. Que Ocampos con 17 años brille con luz propia y sea dueño de su puesto es un notición, tanto como la explosiva aparición de Dybala en Instituto. Y esto viene al caso más que nunca después de ver las deslucidas presentaciones de la Selección mayor, donde los jugadores jóvenes se vuelven viejos en un instante, vilipendiados muchas veces injustamente por el amargo ser nacional, ese hincha descarnado que todos llevamos dentro y que desea, mucho que más que la victoria, la destrucción moral de sus representantes. La decadencia de la Selección no es más que el reflejo de la decandencia de la idiosincracia argentina, el revés de esta democracia trunca que todos los días ejercemos, siempre hundidos en el barro de la infamia. Debería ser saludable a largo plazo que el decadente imperio de Grondona sea ahora evidente, que sus triquiñuelas y artimañas no sean ya secreto para nadie, aunque a nadie le pasa por alto, tampoco, que las posibilidades de sucesión no sean buenas. Período transicional, llamémoslo, tanto para la Selección como para el fútbol argentino. Puede que nunca lleguemos a sacarle jugo a la gloria de Messi o de Higuaín, pero a nadie le va a importar si el día de manañana armanamos un grupo humano de futbolistas comprometidos por una causa, nadie duda que un equipo fuerte es más deseable que un jugador divino, bajado del Olimpo.
Messi es un accidente hermoso, pero no nos deslumbremos. Aplaudamos su magnificencia, sí, pero no le pidamos milagros. Lo mismo Pastore, Di María o Agüero. Pierda cuidado, amigo lector: la Argentina está destinada a seguir sacando cracks de la galera, ese no es el problema. El problema es construir sociedad, tanto dentro como fuera de la cancha. Educar al jugador a asociarse, pero también educar al hincha a predicar el amor y no el odio por quienes lo representan, o, más realistamente, a lidiar con los problemas sociales acuciantes que hacen que el hincha descargue sus frustraciones con el pobre futbolista. El futbolista no es menos frívolo que el hincha. En Europa juega bien porque hay ciertas estructuras sociales y civiles que - más allá de las crisis circunstanciales - se sostienen, y él solo tiene que hacer su trabajo, que consiste en gran medida en divertirse. Si el futbolista disfruta, hace su deber con más gracia. Cuando vienen a jugar por este país en ruinas, sienten que se los manda al Coliseo, a pelear con los leones, en nombre de seres que están ansiosos por arrancarles el pellejo. El futbolista argentino sabe que su error le costará caro, y entonces no arriesga. ¿Para qué? En el reinado del verso fácil, de la palabra por sobre la acción, nadie premia a un hacedor. El triunfo es todo lo que cuenta, y se predica la herencia Barcelona, sin pensar que el Barcelona gana porque juega, y juega porque se divierte. Nosotros, los pobres solemnes y hambientos, no podemos darnos el lujo de esperar. Improvisación, falta de trabajo e impaciencia son fruto de un ánimo voraz de éxito, ánimo que creemos omnipotente pero que a la larga se evidencia débil ante la calma y buena predisposición de países con procesos más establecidos.
Lo que Almeyda trajo a River es la calma. Sabio, propone el orden y la serenidad primera, el buen juego después. Construir sin desdeñar los objetivos próximos, pero pensando a largo plazo. Para obtener la gloria, hay que construir, o, en este caso, reconstruir. Los jugadores son en gran medida los mismos, y juegan mejor, pero los nuevos llegan y se insertan bien, porque el clima de trabajo es optimista y positivo. No es tan difícil, nos enseña el Pelado, hay que hacer que los de afuera sean de palo e inculcarle al jugador que lo único que tiene que hacer es dedicarse a lo suyo como mejor sabe. Lo colectivo realza lo individual, es casi una obviedad. Y hasta me atrevo a opinar, sin por esto insinuar que Almeyda debería ser técnico de la Selección - creo en Sabella, hay que darle tiempo - que con él Banega jugaría bien, Zabaleta rendiría y hasta Sosa y Rojo mostrarían sus dotes. Terminemos con la paranoia de que los técnicos son todos mediocres, que los jugadores son todos malos, que una maldición eterna nos ensombrece, Trabajo, muchachos, y sobre todo calma, enfocarse en lo que importa, y no caerle con la artillería pesada a todo aquél que tiene un mal partido. Si las pruebas están a la vista, ¿Por qué no queremos verlas?
jueves, 6 de octubre de 2011
River 7 - Atlanta 1
En el día del fallecimiento de Steve Jobs, máximo creador e impulsor de Mac y sus productos - redacto estas líneas con una de sus creaciones -, River goleó 7 a 1 a Atlanta. En la semana en que no paró de discutirse algo que en realidad no le importa a nadie, si se deben jugar o no los superclásicos del verano, River se mostró por primera vez contundente y goleador en su nueva categoría. El rival, un histórico del fútbol argentino, viene de ascender de la B Metropolitana y River, uno de los dos grandes, viene de descender. Sin el Chori ni Funes Mori, metió siete. Muy bien. ¿Euforia? No, paremos la mano. Alegría sí, aunque moderada, sobre todo por Cavenaghi, que mostró que sigue siendo un nueve de Selección, aunque juegue en la B.
Primero porque el rival es noble y lo quiero. Sigo creyendo que existe la justicia, al menos la poética - la que hizo que River descendiera porque hizo méritos para bajar -, y justicia hubiera sido golear a los asquerosos de Chacarita, equipo sucio, de hinchada rascista y prepotente, siempre malintencionada. O a Caruso Lombardi y su bravuconería cocainómana, al mando de Quilmes. O a los nefastos de Chicago, aunque por suerte esos se fueron al más allá. Yo vi ascender a Atlanta aquella vez a la B Nacional cuando derrotó ida y vuelta a Dock Sud, ambas veces me invitaron a la cancha y celebré el triunfo como propio. Cristian Castillo, la chancha goleadora, luego fue a River y tuvo un paso discreto, pero querible. Y sigo teniendo amigos de Atlanta, fieles seguidores, equipo de la Cole, de la entrañable Villa Crespo, de gente pensante y de buen corazón. No quería humillarlos, más aún si los entrena Vitrola Ghizzo, un amigo de la casa riverplatense.
Pero tampoco es euforia porque es difícil no caer en la cuenta de que esto es lo que River debe hacer siempre, y no ocasionalmente. Porque si respeta su historia y su tradición, la ventaja sobre rivales de esta naturaleza es evidente. Porque ha traído jugadores para engrosar a un equipo con ínfulas de primera y no de segunda división, y porque este tipo de éxitos, paradójicamente, nos recuerdan que si estamos como estamos es culpa nuestra, de los dirigentes que elegimos, de lo que toleramos en silencio durante demasiado tiempo, de arreglos y más arreglos, y despilfarro, y malas administraciones, y zonas oscuras, y ventas de jugadores turbias, infinitos etcéteras.
Hablando con un amigo le explicaba que siento que la verdad de todo es que el decenso fue una bendición. Paso a explicar. Estábamos tan mal - y lo sabíamos mucho antes de descender - que necesitábamos caer lo más bajo posible para levantarnos, como el Fénix. Solo cuando estuviéramos bien muertos se iría toda la lacra y podríamos empezar de cero. Como si nuestra aldea se hubiera quemado y tuviésemos que empezar a construir casas de madera de nuevo. Una aventura nueva, llena de desafíos nuevos, era lo que nos esperaba, ideal para revitalizar el erotismo. Un nuevo plantel, pensado para pelear y tratar de recuperar la vieja mística de juego riverplatense, y el viejo amor, marchito de tanto mal fútbol y matufia, recobrado. Es como si River fuera esa esposa que nos aburrimos de ver y, súbitamente, se engalana, se arregla y nos enamoramos de vuelta, como si fuese la primera vez. La bosta nos carga, claro, y nos sigue cargando meses después, pero en el fondo se muere de envidia: ellos siguen peleando en medio de lo conocido, sin motivación ni entusiasmo, mientras que nosotros tenemos un mundo nuevo que descubrir. Sus insultos, en el fondo, dicen lo opuesto: por favor... volvé... no es lo mismo sin vos... es aburridísima la primera sin tu rivalidad directa. River y Boca, a fin de cuentas, es una gran historia de amor, una historia de amor argentina, donde el amor se expresa a través del odio, el agravio, el golpe bajo.
Mi amigo me explicó que le parecía respetable mi modo retórico de ver el asunto - y hasta lo catalogó de "sensible" - pero su visión era mucho más oscura. El hombre, seguidor boquense, pero, por sobre todas las cosas, seguidor de Riquelme (a tal punto de confesarme que no ve los partidos si Román no juega), me dijo que le daba igual lo que pasa con River pero también le da igual lo que pasa con Boca, porque lo que define a ambos es su rivalidad. No hay uno sin el otro, es pura dialéctica. El descenso de River, me explicó, perjudica a todos: todos perdieron la brújula, y ya nadie sabe bien para qué juega, cuál es su objetivo. Boca va a ganar el torneo, me dijo, y le va a dar igual. Lo que importa, a fin de cuentas, es que hicieron mierda todo, incluso lo que a la gente más le importa. Hicieron mierda aquello que amamos y nadie dijo nada, todo sigue igual, y todos elegimos seguir creyendo. ¿Cómo podés acostumbrarte y festejar cuando River gana la B?, me preguntó. Ya está, ganó el negocio, ganó la mafia, y ni la mafia pudo evitar la tragedia. El negocio se hizo tan evidente que se volvió indisimulable, y tapó al espectáculo. Aunque River vuelva, me dijo, está arruinado para siempre.
Pensé que cuando River descendiera iba a haber una guerra civil, me comentó, indignado. Y debería haber habido una, alegó, a ver si cambia algo. Porque al final todo sigue igual, o peor, y nos dejamos tocar el culo. River es de todos, no solo de los hinchas, era de todos como club, y ni eso dejaron, ya no hay clubes, hay empresarios que vienen, negocian y se van cuando hicieron la torta. Todos los clubes tienen deudas inmesas, Independiente debe como 190 millones de dólares, San Lorenzo está en promoción... me enoja porque refleja de manera demasiado evidente el funcionamiento del país, como este país destruye todo, finalizó.
Le comenté sobre el problema del negociado a nivel mundial. Cómo en España se están matando por los derechos de televisación y el Madrid y el Barça están en guerra contra el resto de los clubes, comandados por Del Nido - presidente del Sevilla - por el tema. Si los dos grandes se llevan el gran porcentaje de los derechos televisivos, disponen de mayor capital para comprar grandes estrellas y así terminan peleando la liga entre ellos, una liga de dos. Del Nido, andalúz corajudo y dueño de su fortuna, reunió al resto de los clubes y plantaron batalla. Mi amigo consideró eso alentador: un signo de democratización, aunque sea tibio, de deseo de romper el negociado. Acá nadie salta, siguió, Passarella atacó a Grondona cuando le tocaron el culo pero él antes trabajaba para ese aparato nefasto. ¿Y Gámez, el de Vélez?, le pregunté. Es un tipo muy limitado, respondió. ¿Y Verón, cuando sea presidente de Estudiante?, respondí, a lo que él dijo: va a ser presidente cuando Grondona ya no está, y probablemente sea un buen gestor para su club, pero no creo que levante la voz. A Grondona lo quiere suceder Vila, así estamos.
Así seguimos hablando de fútbol, entre la esperanza banal y el desencanto absoluto. Yo no comparto lo extremo de su pensamiento, pero es cierto que algo de lo que dice toca una fibra. Si la goleada estrepitosa de River de hoy no me despertó el menor furor no es solo por la talla del rival, sino porque desnuda que todo en el fondo está podrido. Cuando Deportivo Merlo dio batalla a River, nos preocupamos por mejorar el juego y no perder pie en la batalla. Pero cuando River golea con tanta contundencia como hoy, nos acordamos de que River es River, aquél River que goleaba y gustaba, que hacía vibrar a propios y ajenos, que nos llenaba los ojos de fútbol y nos daba una identidad inviolable: la del buen trato de pelota, la de la elegancia, la de la tradición de elaborar la jugada y rematarla con clase. Ese fue siempre River, el del lujo, y Boca el del huevo y la garra, y estaba bien así, a nadie le importaba. Nosotros diríamos que ellos jugaban feo y ellos que nosotros no teníamos huevo, pero en el fondo todo estaba bien, estaba aceptado el juego. Eramos lo que éramos y amábamos odiarnos por esas diferencias. Ahora todo se desdibujó, el negociado y los intereses de algunos inescrupulosos se metieron en el camino de la identidad. Como casi todo en esta Argentina, se desdibujó y se borró.
Y sin embargo, seguimos para adelante. Hay que vivir, hay que confiar, hay que apasioarse con lo que sea. Nos seguiremos puteando con los hermanos de la Ribera como si nada hubiera pasado, jugaremos los superclásicos del verano como si todo estuviera igual. ¿Lo está? ¿A alguien más le importa?
martes, 4 de octubre de 2011
¿Por qué el fútbol?
¿Por qué?, yo mismo me pregunto. ¿Por qué seguir con tanto énfasis y atención y dedicación cada liga, la trayectoria de cada jugador, los resultados, los partidos, los entredichos? ¿Por qué me fumo diez cigarrillos al hilo cuando juega River, por qué empatizo con ese equipo de muertos, jugando gran parte del tiempo a nada, que gana partidos cada tanto con ocasionales destellos de belleza? Me inventé miles de respuestas, y las paseo por diferentes ámbitos sociales, como si en ellas estuviera la respuesta a todo. Porque el fútbol es la metáfora perfecta de la vida en sociedad, del capitalismo, la síntesis perfecta de todo lo que es la danza y la guerra combinadas, el despliegue de lo impensado, del azar, de la inspiración más inmediata. Mentiras, son todas mentiras. O palabras, que a fin de cuentas solo tejen mentiras. No amo al fútbol por eso, o no solo por eso, o no principalmente por eso.
Amo al fútbol porque la vida no alcanza, porque gran parte de las veces es pobre en emociones y ofrece intercambios vacuos con personas a las que uno querría poder decirles más cosas. O desencuentros con personas a las que uno no llega a decirles nada. Horas invertidas en actividades parcialmente convincentes, donde uno se pierde respondiendo al deseo de otros, ganándose migajas para encajar el rompecabezas, soñando con cosas que nunca pasan, o pasan de otra manera que a uno siempre lo sorprende y nunca atina a reaccionar a tiempo. La vida no es como las comedias románticas, donde uno conoce a la mujer perfecta en el momento perfecto, el amor brota espontáneamente, la cosa se complica y al final todo se arregla con una declaración de amor pública. Es, básicamente, una suma de momentos opacos, atenuados por la presencia de amigos y lazos afectivos, compartiendo actividades conocidas y esperando que cada tanto aparezca un haz de sorpresa, una licencia al tedio.
El fútbol es hermoso porque durante 90 minutos evapora toda predicción. Es una obviedad, lo sé, pero la magia no está en el modo en que yo lo describa, del mismo modo que ocurre con las emociones. No hay nada que uno pueda decir que transmita realmente lo que es enamorarse de alguien o algo, simplemente pasa. El fútbol es una forma enferma de amor mientras el juego - o mejor, el campeonato - dura. Es un compendio de emociones fuertes condensadas, mucho mejor que el alcohol, mucho mejor que la droga. Uno se desenamora de una mujer y sigue ahí, estoico, quizás porque da mucho más miedo la idea de empezar de cero que de quedarse y ver si las cosas mejoran. Pero uno nunca se desenamora de su equipo, uno nunca pierde el amor por el juego. Una vez que te picó, quedás atrapado para siempre: es la obsesión que siempre quisiste tener, es el amor de las comedias románticas que te prometieron.
He llorado muy pocas veces por tener el corazón roto, las más de las veces me he aburrido y partido, o me han dejado e hice de tripas corazón y me llené de furia. Pero infinidad de veces he llorado por el fútbol. He llorado de emoción por goles en el último minuto, he llorado de desazón ante la eliminación de un mundial o por un sueño de victoria que se deshizo a poco de lograrlo. Sentir el fútbol se sentirse vivo, muy vivo, tomarse seriamente eso porque uno se da cuenta que todo eso que debería tomarse en serio le parece en realidad aburridísimo, o poco estimulante, o poco interesante desde un comienzo. Y es lindo darse cuenta de que no se está solo: hay muchos más, muchos otros que están igual de desencantados con todo, tal vez porque el todo es desencantador en su misma forma, tal vez porque ni el dinero ni el sexo ni los logros hacen a la felicidad. La felicidad, como dice el cliché, es cosa de un instante, y recuerdo haber sido muy feliz festejando goles soñados, goles luchados, grandes atajadas impensadas, grandes jugadas colectivas que me hicieron recobrar la fe en el mundo, o al menos en la Argentinidad (se me viene a la cabeza el gol de Cambiasso contra Serbia, esa obra maestra de la belleza y la inspiración y el compañerismo). La felicidad es lo absurdo y gratuito hecho fiesta, lo impredecible hecho momento, la conciencia atontada y eufórica de saber que lo que se está viviendo no durará y es, sin embargo, eterno por su gloria.
Los jugadores no son hombres cuando se lucen, son dioses. Y que un ejército de empresarios y abuelas me digan que me equivoco, me da igual. Son la épica que a mí vida le falta, son los guerreros que queremos ver pelear en nuestros nombre en el Coliseo. Puedo ser racional en todos los demás aspectos, incluso en mi vida amorosa, que es, como la de mucha gente, más gris que en sus sueños. El fútbol retribuye todo lo que uno deposita en él, es lo más parecido que tenemos a vivir nuestras fantasías más salvajes. Aún en el desencanto, es puro y brutal, es generoso, no ofrece indiferencia. El amor puro brota cuando el partido es lo que esperábamos o más, el odio nace si todo sale mal, o peor. Dan ganas de abandonar todo si se fracasa, dan ganas de vivir todo a mil revoluciones si nos dan lo que queríamos. Revivo una y mil veces los goles de mi vida, los que me marcaron, los que me unieron a mi viejo en festejos desmedidos, o a mis amigos en abrazos desenfrenados, vuelvo a ver esas imágenes y vuelvo a vivirlas, estando ahí, siendo un niño que sabía pocas cosas más que ahí estaba su pasión, su válvula de escape, su euforia justificada. Juego al fútbol y fantaseo con ser uno de ellos, no podré ser futbolista pero nadie me quita la ilusión. Juego a la Playstation y me pongo en la piel de esos gladiadores del césped, cada una de las experiencias futbolísticas me deposita ahí donde quiero estar, en el Olimpo de lo sublime y lo subterráneo, ahí donde todo lo que es grande convive. Las miserias cotidianas y la mediocridad de ciertos días no puede tocar ese lugar. Es mío, y de la gente que me quiere, la gente con la que comparto ese sentimiento más allá de las palabras.
Elijo el fútbol y vuelvo a elegirlo cada día porque es todo lo que la vida no puede ni quiere darme. Es la grandeza perdida. Es la niñez que ya no tengo. Es el amor que muy pocas mujeres se dignaron a ofrecerme. Es la mayor enseñanza de mi viejo. Son esas lágrimas que guardo durante décadas cuando ya nada me emociona. Que me digan que soy un enfermo, que es banal lo que me mueve, que me pierdo lo importante. Acá encontré mi arrebato, y en él me quedo, perdido y sonriente.
lunes, 3 de octubre de 2011
Espanyol 0 - Real Madrid 4
De haber podido elegir, hubiese destinado esta entrada al partido de River contra Ferro el sábado. La pretensión, por supuesto, hubiese sido ampliar la sección dedicada al fútbol argentino, tomando a River Plate como eje y sus aventuras y desventuras en el Nacional B. Habrá quien me reclame la cobertura de Boca y su novísimo status como puntero absoluto de la Primera División, pero a eso respondo que este blog solo se destina a partidos vistos, en mayor o menor medida, en vivo, y que no miro a Boca ni a cualquier otro equipo de primera porque me aburren profundamente, porque la imagen televisiva es mucho más pobre y atractiva que la de la televisación de cotejos europeos y porque no me produce ningún entusiasmo ver a la alineación boquense, a sus simpatizantes, a sus estandartes dentro de la cancha - incluido Riquelme - ni a todo lo que rodea su mundo. Tolero el desempeño riverplatense, igualmente pobre y deslucido, porque es amor filial lo que me une a él, tradición que cubre toda mi vida, y además es mucho más erotizante, para decirlo de algún modo, ver jugar a River en el surreal paisaje de la B que a Boca haciendo su juego magro y mediocre en la devastada y poco atractiva categoría principal. River descendió y, más allá de la debacle inicial, ahora logra entusiasmarnos a todos los riverplatenses. Como una novia que se había dejado estar, ahora, en la dificultad, se puso linda de vuelta, recobró vida y nos volvió a enamorar. A veces nos aburre, pero seguimos asistiendo a la cita porque ahora son fuerzas nuevas las que la motivan. Con este nuevo River me volví a erotizar con el fútbol argentino. Lástima, o dicha en realidad, que me quedé dormido en la tarde del sábado y no pude ver el pobrísimo encuentro que River y Ferro empataron cero a cero. River sigue puntero, y eso nunca es malo, y Chichizola se sigue afianzando como un arquero confiable y seguro de sí mismo, como Carrizo pero con menos firuletes innecesarios, menos ganas de mostrar su bravura y valentía adolescente, cosa que uno valora. Fin de eso.
Ayer jugó el Real Madrid y, por sobre todas las cosas, jugó Higuaín. Solo aprecio realemente un triunfo del Real si juega y anota Higuaín. Tan dspreciable me resulta el equipo capitalino, tan oscura su filosofía y su moral, tan antipático me resulta Mourinho y sus desvaríos, Cristiano y su hedonismo triste, Florentino y sus millones despilfarrados y la afición merengue, con sus cambios de bando según la conveniencia (lo cual los equipara más que a ningún otro club con la filosofía del capitalismo liberal), que siempre deseo su derrota. Cuanto más plata gasta el Madrid, más hermosa su derrota. Ante la lesión de Benzema, saltó a la cancha Higuaín, y metió un triplete. Pobre Pipita, siempre lo quieren bajar de un hondazo, siempre le achacan falta de técnica, siempre se rumorea una venta al Milan, al Arsenal, a la Juventus, siempre lo consideran prescindible y él siempre contesta con goles. Más o menos lindos, pero él la mete. La gente en Madrid lo adora, porque dicen que quiere a los colores. Y no nada diciendo que es guapo, rico y distinguido, como su colega portugués, gran jugador pero bocón.
El Pipa entonces hizo tres goles, uno clavándola al ángulo a pase de Cristiano, uno de primera y a otro ángulo a pase largo de Arbeloa y el tercero peleando una bola profunda y a vaselina sutil ante la salida de Cristian Alvarez. Que no digan que a este tipo le falta técnica. Parece lento, sí, parece poco despabilado, parece poco efectivo, parece poco carismático, pero está. Lesionado, saliendo de lesión, suplente del irregular Benzema - más corpulento y espectacular pero dudosamente mejor jugador -, Higuáin cumple, tanto que Mourinho, que no lo quiere nada, lo tiene que poner. Mou lo llama "goleador top", pero odia elogiarlo, tanto que que al preguntársele por el desempeño de Gonzalo prefirió hablar maravillas del Cristiano asistidor.
El Barça, con el mínimo esfuerzo y juego colectivo, ganó de visitante al Sporting en El Molinón y Bielsa debutó con triunfo en la Liga ante el eterno rival y con gran participación de Fernando Llorente. Atención a la chilena de Baptista en el minuto final para darle el triunfo al Super Málaga ante Getafe y la cosa parece emparejarse, o acomodarse, a medida que el Betis cae de la luz y el Levante sorprende a propios y ajenos en la punta.
Veremos qué tiene para decir el Pipita en nuevos encuentros y, si la siesta no me lo impide, ahí estaré cubriendo a River en futuras excursiones a tierra de nadie. Que el buen juego sea con ellos.
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