domingo, 16 de octubre de 2011

Instituto 0 - River 0

Al menos tenemos una certeza: este River ya no es el que vimos los últimos cinco años. No es poco. En las paradas bravas, aparece, o al menos parece estar a la altura. Los rivales lo respetan y sabe a qué juega. El técnico primerizo, emblema del club, se maneja con tino y cautela y saca lo mejor de sus jugadores, incluso los que poco tiempo atrás habían demostrado su cobardía, su falta de técnica y su carencia de hombría frente a la adversidad. Tomemos por ejemplo a Chiche Arano. Infinidad de veces nos dijeron que era un jugador de valor, seguidores de Racing y Huracán nos han hablado de su tesón y su perseverancia. En River demostró ser un jugador de poca o nula técnica, ausencia de criterio y pésima marca. Con Almeyda, Arano parece un hombre diferente. Juega criteriosamente, se proyecta con decisión, marca sin falta y hasta le pega al arco con cierta habilidad. Lo mismo podemos decir de Ferrero o Juan Manuel Díaz, y más aún llama la atención la firmeza de los juveniles, un Ríos que empieza a mostrar lo que hasta ahora solo insinuaba, un Cirigliano que empieza a tomar forma de cinco de Selección (recordemos al joven Mascherano, para más parámetros), un Abecasis que suple bien el lateral cuando no está lesionado, un Mauro Díaz que pinta como suplente confiable, para dar algunos casos. Almeyda transmite una serenidad y una confianza a sus jugadores que potencia al más limitado, engrandece al que ya era grande y acomoda a los veteranos, que ya juegan en el equipo como si lo hicieran hace un buen tiempo. El Almeyda DT no promete fórmulas mágicas, no innova con los esquemas, no inventa cambios posicionales a la Bielsa. Trabaja, ordena, habla y busca lo que River hace rato no tiene: equilibrio. Frente a Instituto no se vio a un gran River, tampoco se vio un gran partido, pero River no perdió, y esa sí que es una novedad. Con JJ, o con Gorosito, o con Simeone, el partido de ayer hubiese sido una derrota. Y no porque el rival haya hecho un gran desempeño, o haya sido superior, sino porque ahora parece regir una mentalidad que no se ve hace años. El partido también reveló otras cosas: que River sigue imponiendo respeto y presencia aún jugando en la segunda categoría - el Instituto demoledor ayer se vio timorato, y eso que jugaba de local - y que la categoría, si bien es más apasionante que la Primera en este momento donde todo ha cambiado, es tremendamente irregular, y fíjense sino la derrota que Atlanta le propició a Gimnasia de Jujuy en terreno jujeño. River, aún con altibajos, no debería tener problemas para lograr el ascenso, no ha encontrado motivos aún para perder el invicto y bien puede pensarse que está para campeón, sin deslumbrar ni encandilar a nadie. Pero también se puede sacar conclusiones beneficiosas para otras instituciones, o para el fútbol argentino mismo. Es una gran noticia que River, que históricamente alimentó con su trabajo de divisiones inferiores a los combinados nacionales, haya recuperado el esplendor de sus juveniles. Que Ocampos con 17 años brille con luz propia y sea dueño de su puesto es un notición, tanto como la explosiva aparición de Dybala en Instituto. Y esto viene al caso más que nunca después de ver las deslucidas presentaciones de la Selección mayor, donde los jugadores jóvenes se vuelven viejos en un instante, vilipendiados muchas veces injustamente por el amargo ser nacional, ese hincha descarnado que todos llevamos dentro y que desea, mucho que más que la victoria, la destrucción moral de sus representantes. La decadencia de la Selección no es más que el reflejo de la decandencia de la idiosincracia argentina, el revés de esta democracia trunca que todos los días ejercemos, siempre hundidos en el barro de la infamia. Debería ser saludable a largo plazo que el decadente imperio de Grondona sea ahora evidente, que sus triquiñuelas y artimañas no sean ya secreto para nadie, aunque a nadie le pasa por alto, tampoco, que las posibilidades de sucesión no sean buenas. Período transicional, llamémoslo, tanto para la Selección como para el fútbol argentino. Puede que nunca lleguemos a sacarle jugo a la gloria de Messi o de Higuaín, pero a nadie le va a importar si el día de manañana armanamos un grupo humano de futbolistas comprometidos por una causa, nadie duda que un equipo fuerte es más deseable que un jugador divino, bajado del Olimpo. Messi es un accidente hermoso, pero no nos deslumbremos. Aplaudamos su magnificencia, sí, pero no le pidamos milagros. Lo mismo Pastore, Di María o Agüero. Pierda cuidado, amigo lector: la Argentina está destinada a seguir sacando cracks de la galera, ese no es el problema. El problema es construir sociedad, tanto dentro como fuera de la cancha. Educar al jugador a asociarse, pero también educar al hincha a predicar el amor y no el odio por quienes lo representan, o, más realistamente, a lidiar con los problemas sociales acuciantes que hacen que el hincha descargue sus frustraciones con el pobre futbolista. El futbolista no es menos frívolo que el hincha. En Europa juega bien porque hay ciertas estructuras sociales y civiles que - más allá de las crisis circunstanciales - se sostienen, y él solo tiene que hacer su trabajo, que consiste en gran medida en divertirse. Si el futbolista disfruta, hace su deber con más gracia. Cuando vienen a jugar por este país en ruinas, sienten que se los manda al Coliseo, a pelear con los leones, en nombre de seres que están ansiosos por arrancarles el pellejo. El futbolista argentino sabe que su error le costará caro, y entonces no arriesga. ¿Para qué? En el reinado del verso fácil, de la palabra por sobre la acción, nadie premia a un hacedor. El triunfo es todo lo que cuenta, y se predica la herencia Barcelona, sin pensar que el Barcelona gana porque juega, y juega porque se divierte. Nosotros, los pobres solemnes y hambientos, no podemos darnos el lujo de esperar. Improvisación, falta de trabajo e impaciencia son fruto de un ánimo voraz de éxito, ánimo que creemos omnipotente pero que a la larga se evidencia débil ante la calma y buena predisposición de países con procesos más establecidos. Lo que Almeyda trajo a River es la calma. Sabio, propone el orden y la serenidad primera, el buen juego después. Construir sin desdeñar los objetivos próximos, pero pensando a largo plazo. Para obtener la gloria, hay que construir, o, en este caso, reconstruir. Los jugadores son en gran medida los mismos, y juegan mejor, pero los nuevos llegan y se insertan bien, porque el clima de trabajo es optimista y positivo. No es tan difícil, nos enseña el Pelado, hay que hacer que los de afuera sean de palo e inculcarle al jugador que lo único que tiene que hacer es dedicarse a lo suyo como mejor sabe. Lo colectivo realza lo individual, es casi una obviedad. Y hasta me atrevo a opinar, sin por esto insinuar que Almeyda debería ser técnico de la Selección - creo en Sabella, hay que darle tiempo - que con él Banega jugaría bien, Zabaleta rendiría y hasta Sosa y Rojo mostrarían sus dotes. Terminemos con la paranoia de que los técnicos son todos mediocres, que los jugadores son todos malos, que una maldición eterna nos ensombrece, Trabajo, muchachos, y sobre todo calma, enfocarse en lo que importa, y no caerle con la artillería pesada a todo aquél que tiene un mal partido. Si las pruebas están a la vista, ¿Por qué no queremos verlas?

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