jueves, 6 de octubre de 2011

River 7 - Atlanta 1

En el día del fallecimiento de Steve Jobs, máximo creador e impulsor de Mac y sus productos - redacto estas líneas con una de sus creaciones -, River goleó 7 a 1 a Atlanta. En la semana en que no paró de discutirse algo que en realidad no le importa a nadie, si se deben jugar o no los superclásicos del verano, River se mostró por primera vez contundente y goleador en su nueva categoría. El rival, un histórico del fútbol argentino, viene de ascender de la B Metropolitana y River, uno de los dos grandes, viene de descender. Sin el Chori ni Funes Mori, metió siete. Muy bien. ¿Euforia? No, paremos la mano. Alegría sí, aunque moderada, sobre todo por Cavenaghi, que mostró que sigue siendo un nueve de Selección, aunque juegue en la B. Primero porque el rival es noble y lo quiero. Sigo creyendo que existe la justicia, al menos la poética - la que hizo que River descendiera porque hizo méritos para bajar -, y justicia hubiera sido golear a los asquerosos de Chacarita, equipo sucio, de hinchada rascista y prepotente, siempre malintencionada. O a Caruso Lombardi y su bravuconería cocainómana, al mando de Quilmes. O a los nefastos de Chicago, aunque por suerte esos se fueron al más allá. Yo vi ascender a Atlanta aquella vez a la B Nacional cuando derrotó ida y vuelta a Dock Sud, ambas veces me invitaron a la cancha y celebré el triunfo como propio. Cristian Castillo, la chancha goleadora, luego fue a River y tuvo un paso discreto, pero querible. Y sigo teniendo amigos de Atlanta, fieles seguidores, equipo de la Cole, de la entrañable Villa Crespo, de gente pensante y de buen corazón. No quería humillarlos, más aún si los entrena Vitrola Ghizzo, un amigo de la casa riverplatense. Pero tampoco es euforia porque es difícil no caer en la cuenta de que esto es lo que River debe hacer siempre, y no ocasionalmente. Porque si respeta su historia y su tradición, la ventaja sobre rivales de esta naturaleza es evidente. Porque ha traído jugadores para engrosar a un equipo con ínfulas de primera y no de segunda división, y porque este tipo de éxitos, paradójicamente, nos recuerdan que si estamos como estamos es culpa nuestra, de los dirigentes que elegimos, de lo que toleramos en silencio durante demasiado tiempo, de arreglos y más arreglos, y despilfarro, y malas administraciones, y zonas oscuras, y ventas de jugadores turbias, infinitos etcéteras. Hablando con un amigo le explicaba que siento que la verdad de todo es que el decenso fue una bendición. Paso a explicar. Estábamos tan mal - y lo sabíamos mucho antes de descender - que necesitábamos caer lo más bajo posible para levantarnos, como el Fénix. Solo cuando estuviéramos bien muertos se iría toda la lacra y podríamos empezar de cero. Como si nuestra aldea se hubiera quemado y tuviésemos que empezar a construir casas de madera de nuevo. Una aventura nueva, llena de desafíos nuevos, era lo que nos esperaba, ideal para revitalizar el erotismo. Un nuevo plantel, pensado para pelear y tratar de recuperar la vieja mística de juego riverplatense, y el viejo amor, marchito de tanto mal fútbol y matufia, recobrado. Es como si River fuera esa esposa que nos aburrimos de ver y, súbitamente, se engalana, se arregla y nos enamoramos de vuelta, como si fuese la primera vez. La bosta nos carga, claro, y nos sigue cargando meses después, pero en el fondo se muere de envidia: ellos siguen peleando en medio de lo conocido, sin motivación ni entusiasmo, mientras que nosotros tenemos un mundo nuevo que descubrir. Sus insultos, en el fondo, dicen lo opuesto: por favor... volvé... no es lo mismo sin vos... es aburridísima la primera sin tu rivalidad directa. River y Boca, a fin de cuentas, es una gran historia de amor, una historia de amor argentina, donde el amor se expresa a través del odio, el agravio, el golpe bajo. Mi amigo me explicó que le parecía respetable mi modo retórico de ver el asunto - y hasta lo catalogó de "sensible" - pero su visión era mucho más oscura. El hombre, seguidor boquense, pero, por sobre todas las cosas, seguidor de Riquelme (a tal punto de confesarme que no ve los partidos si Román no juega), me dijo que le daba igual lo que pasa con River pero también le da igual lo que pasa con Boca, porque lo que define a ambos es su rivalidad. No hay uno sin el otro, es pura dialéctica. El descenso de River, me explicó, perjudica a todos: todos perdieron la brújula, y ya nadie sabe bien para qué juega, cuál es su objetivo. Boca va a ganar el torneo, me dijo, y le va a dar igual. Lo que importa, a fin de cuentas, es que hicieron mierda todo, incluso lo que a la gente más le importa. Hicieron mierda aquello que amamos y nadie dijo nada, todo sigue igual, y todos elegimos seguir creyendo. ¿Cómo podés acostumbrarte y festejar cuando River gana la B?, me preguntó. Ya está, ganó el negocio, ganó la mafia, y ni la mafia pudo evitar la tragedia. El negocio se hizo tan evidente que se volvió indisimulable, y tapó al espectáculo. Aunque River vuelva, me dijo, está arruinado para siempre. Pensé que cuando River descendiera iba a haber una guerra civil, me comentó, indignado. Y debería haber habido una, alegó, a ver si cambia algo. Porque al final todo sigue igual, o peor, y nos dejamos tocar el culo. River es de todos, no solo de los hinchas, era de todos como club, y ni eso dejaron, ya no hay clubes, hay empresarios que vienen, negocian y se van cuando hicieron la torta. Todos los clubes tienen deudas inmesas, Independiente debe como 190 millones de dólares, San Lorenzo está en promoción... me enoja porque refleja de manera demasiado evidente el funcionamiento del país, como este país destruye todo, finalizó. Le comenté sobre el problema del negociado a nivel mundial. Cómo en España se están matando por los derechos de televisación y el Madrid y el Barça están en guerra contra el resto de los clubes, comandados por Del Nido - presidente del Sevilla - por el tema. Si los dos grandes se llevan el gran porcentaje de los derechos televisivos, disponen de mayor capital para comprar grandes estrellas y así terminan peleando la liga entre ellos, una liga de dos. Del Nido, andalúz corajudo y dueño de su fortuna, reunió al resto de los clubes y plantaron batalla. Mi amigo consideró eso alentador: un signo de democratización, aunque sea tibio, de deseo de romper el negociado. Acá nadie salta, siguió, Passarella atacó a Grondona cuando le tocaron el culo pero él antes trabajaba para ese aparato nefasto. ¿Y Gámez, el de Vélez?, le pregunté. Es un tipo muy limitado, respondió. ¿Y Verón, cuando sea presidente de Estudiante?, respondí, a lo que él dijo: va a ser presidente cuando Grondona ya no está, y probablemente sea un buen gestor para su club, pero no creo que levante la voz. A Grondona lo quiere suceder Vila, así estamos. Así seguimos hablando de fútbol, entre la esperanza banal y el desencanto absoluto. Yo no comparto lo extremo de su pensamiento, pero es cierto que algo de lo que dice toca una fibra. Si la goleada estrepitosa de River de hoy no me despertó el menor furor no es solo por la talla del rival, sino porque desnuda que todo en el fondo está podrido. Cuando Deportivo Merlo dio batalla a River, nos preocupamos por mejorar el juego y no perder pie en la batalla. Pero cuando River golea con tanta contundencia como hoy, nos acordamos de que River es River, aquél River que goleaba y gustaba, que hacía vibrar a propios y ajenos, que nos llenaba los ojos de fútbol y nos daba una identidad inviolable: la del buen trato de pelota, la de la elegancia, la de la tradición de elaborar la jugada y rematarla con clase. Ese fue siempre River, el del lujo, y Boca el del huevo y la garra, y estaba bien así, a nadie le importaba. Nosotros diríamos que ellos jugaban feo y ellos que nosotros no teníamos huevo, pero en el fondo todo estaba bien, estaba aceptado el juego. Eramos lo que éramos y amábamos odiarnos por esas diferencias. Ahora todo se desdibujó, el negociado y los intereses de algunos inescrupulosos se metieron en el camino de la identidad. Como casi todo en esta Argentina, se desdibujó y se borró. Y sin embargo, seguimos para adelante. Hay que vivir, hay que confiar, hay que apasioarse con lo que sea. Nos seguiremos puteando con los hermanos de la Ribera como si nada hubiera pasado, jugaremos los superclásicos del verano como si todo estuviera igual. ¿Lo está? ¿A alguien más le importa?

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