martes, 4 de octubre de 2011

¿Por qué el fútbol?

¿Por qué?, yo mismo me pregunto. ¿Por qué seguir con tanto énfasis y atención y dedicación cada liga, la trayectoria de cada jugador, los resultados, los partidos, los entredichos? ¿Por qué me fumo diez cigarrillos al hilo cuando juega River, por qué empatizo con ese equipo de muertos, jugando gran parte del tiempo a nada, que gana partidos cada tanto con ocasionales destellos de belleza? Me inventé miles de respuestas, y las paseo por diferentes ámbitos sociales, como si en ellas estuviera la respuesta a todo. Porque el fútbol es la metáfora perfecta de la vida en sociedad, del capitalismo, la síntesis perfecta de todo lo que es la danza y la guerra combinadas, el despliegue de lo impensado, del azar, de la inspiración más inmediata. Mentiras, son todas mentiras. O palabras, que a fin de cuentas solo tejen mentiras. No amo al fútbol por eso, o no solo por eso, o no principalmente por eso. Amo al fútbol porque la vida no alcanza, porque gran parte de las veces es pobre en emociones y ofrece intercambios vacuos con personas a las que uno querría poder decirles más cosas. O desencuentros con personas a las que uno no llega a decirles nada. Horas invertidas en actividades parcialmente convincentes, donde uno se pierde respondiendo al deseo de otros, ganándose migajas para encajar el rompecabezas, soñando con cosas que nunca pasan, o pasan de otra manera que a uno siempre lo sorprende y nunca atina a reaccionar a tiempo. La vida no es como las comedias románticas, donde uno conoce a la mujer perfecta en el momento perfecto, el amor brota espontáneamente, la cosa se complica y al final todo se arregla con una declaración de amor pública. Es, básicamente, una suma de momentos opacos, atenuados por la presencia de amigos y lazos afectivos, compartiendo actividades conocidas y esperando que cada tanto aparezca un haz de sorpresa, una licencia al tedio. El fútbol es hermoso porque durante 90 minutos evapora toda predicción. Es una obviedad, lo sé, pero la magia no está en el modo en que yo lo describa, del mismo modo que ocurre con las emociones. No hay nada que uno pueda decir que transmita realmente lo que es enamorarse de alguien o algo, simplemente pasa. El fútbol es una forma enferma de amor mientras el juego - o mejor, el campeonato - dura. Es un compendio de emociones fuertes condensadas, mucho mejor que el alcohol, mucho mejor que la droga. Uno se desenamora de una mujer y sigue ahí, estoico, quizás porque da mucho más miedo la idea de empezar de cero que de quedarse y ver si las cosas mejoran. Pero uno nunca se desenamora de su equipo, uno nunca pierde el amor por el juego. Una vez que te picó, quedás atrapado para siempre: es la obsesión que siempre quisiste tener, es el amor de las comedias románticas que te prometieron. He llorado muy pocas veces por tener el corazón roto, las más de las veces me he aburrido y partido, o me han dejado e hice de tripas corazón y me llené de furia. Pero infinidad de veces he llorado por el fútbol. He llorado de emoción por goles en el último minuto, he llorado de desazón ante la eliminación de un mundial o por un sueño de victoria que se deshizo a poco de lograrlo. Sentir el fútbol se sentirse vivo, muy vivo, tomarse seriamente eso porque uno se da cuenta que todo eso que debería tomarse en serio le parece en realidad aburridísimo, o poco estimulante, o poco interesante desde un comienzo. Y es lindo darse cuenta de que no se está solo: hay muchos más, muchos otros que están igual de desencantados con todo, tal vez porque el todo es desencantador en su misma forma, tal vez porque ni el dinero ni el sexo ni los logros hacen a la felicidad. La felicidad, como dice el cliché, es cosa de un instante, y recuerdo haber sido muy feliz festejando goles soñados, goles luchados, grandes atajadas impensadas, grandes jugadas colectivas que me hicieron recobrar la fe en el mundo, o al menos en la Argentinidad (se me viene a la cabeza el gol de Cambiasso contra Serbia, esa obra maestra de la belleza y la inspiración y el compañerismo). La felicidad es lo absurdo y gratuito hecho fiesta, lo impredecible hecho momento, la conciencia atontada y eufórica de saber que lo que se está viviendo no durará y es, sin embargo, eterno por su gloria. Los jugadores no son hombres cuando se lucen, son dioses. Y que un ejército de empresarios y abuelas me digan que me equivoco, me da igual. Son la épica que a mí vida le falta, son los guerreros que queremos ver pelear en nuestros nombre en el Coliseo. Puedo ser racional en todos los demás aspectos, incluso en mi vida amorosa, que es, como la de mucha gente, más gris que en sus sueños. El fútbol retribuye todo lo que uno deposita en él, es lo más parecido que tenemos a vivir nuestras fantasías más salvajes. Aún en el desencanto, es puro y brutal, es generoso, no ofrece indiferencia. El amor puro brota cuando el partido es lo que esperábamos o más, el odio nace si todo sale mal, o peor. Dan ganas de abandonar todo si se fracasa, dan ganas de vivir todo a mil revoluciones si nos dan lo que queríamos. Revivo una y mil veces los goles de mi vida, los que me marcaron, los que me unieron a mi viejo en festejos desmedidos, o a mis amigos en abrazos desenfrenados, vuelvo a ver esas imágenes y vuelvo a vivirlas, estando ahí, siendo un niño que sabía pocas cosas más que ahí estaba su pasión, su válvula de escape, su euforia justificada. Juego al fútbol y fantaseo con ser uno de ellos, no podré ser futbolista pero nadie me quita la ilusión. Juego a la Playstation y me pongo en la piel de esos gladiadores del césped, cada una de las experiencias futbolísticas me deposita ahí donde quiero estar, en el Olimpo de lo sublime y lo subterráneo, ahí donde todo lo que es grande convive. Las miserias cotidianas y la mediocridad de ciertos días no puede tocar ese lugar. Es mío, y de la gente que me quiere, la gente con la que comparto ese sentimiento más allá de las palabras. Elijo el fútbol y vuelvo a elegirlo cada día porque es todo lo que la vida no puede ni quiere darme. Es la grandeza perdida. Es la niñez que ya no tengo. Es el amor que muy pocas mujeres se dignaron a ofrecerme. Es la mayor enseñanza de mi viejo. Son esas lágrimas que guardo durante décadas cuando ya nada me emociona. Que me digan que soy un enfermo, que es banal lo que me mueve, que me pierdo lo importante. Acá encontré mi arrebato, y en él me quedo, perdido y sonriente.

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